SER HERMANOS

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Esta mañana al leer el evangelio, “Habéis oído que se dijo a los antiguos, pero yo os digo”… Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”… no he podido evitar que me viniera a la memoria una vieja canción de Brotes de Olivo. “A tu altar he llegado”

La canción dice: “He creído que iba a ti y hasta tu altar he llegado, y al encontrarme contigo, algo me has preguntado: ¿Cómo se encuentra tu vida y la amistad con tu hermano? Si con él no te hayas bien, anda vete y ve a buscarlo. Cuando con él tengas paz, ven aquí, junto a mi lado. Entonces sí te recibo, porque yo vivo en tu hermano”.

“Porque yo Vivo en tu Hermano” Las enseñanzas de Jesús son exigentes y siempre nos empujan más allá, en el texto vemos algunos ejemplos: “Se dijo: no matarás. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano…. y si uno llama a su hermano imbécil… merece la condena…”. Creo que esto nos habla de que Jesús nos invita a vivir en la fraternidad, estamos llamadas a reconciliarnos, a tratar al otro como hermano.

Normalmente diríamos que si alguien tiene algo contra otra persona debe ir y hablarlo con ella. Pero Jesús cambia y nos dice que si nos damos cuenta que nuestro hermano tiene algo contra nosotros debemos tomar la iniciativa y buscarlo.

Pensamos que nuestra relación con Dios puede seguir normalmente, a pesar de que nuestras relaciones con las personas que vivimos, amigos, compañeros de trabajo, estén de alguna manera deterioradas. Jesús, nos recalca que la rotura de las relaciones con nuestros hermanos afecta a nuestra relación con el Padre. Nos insiste que la restauración de las relaciones es una prioridad en la vida de los hijos de Dios. La cuestión esencial es si estamos dispuestas a dar paso a la ley del amor, la que resume todos los demás mandamientos.

En Jesús, todos somos hermanos y no nos podemos quedar en un simple cumplimiento. La Hospitalidad que vivimos nos exige mirar al otro como hermano, como una persona digna de respeto y amor. Nos exige tratarlo como si fuera Jesús para nosotras.

“cuanto más enfermos, representan más al vivo a Jesús” (San Benito Menni c. 346)hermanos

 

 

 

 

 

 

 

“El abad de un monasterio se hallaba muy preocupado. Años atrás, su monasterio había visto tiempos de esplendor. Sus celdas habían estado repletas de jóvenes novicios y en la capilla resonaba el canto armonioso de sus monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu. La avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la capilla se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones.

Un día, decidió pedir consejo, y acudió a un anciano obispo que tenía fama de ser hombre muy sabio en su avanzada edad. Emprendió el viaje, y días después se encontró frente al buen hombre. Le planteó la situación y le preguntó: “¿A qué se debe esta triste situación? ¿Hemos cometido acaso algún pecado?”. A lo que el anciano obispo respondió: “Sí. Han cometido un pecado de ignorancia. El mismo Señor Jesucristo se ha disfrazado y está viviendo en medio de ustedes, y ustedes no lo saben”. Y no dijo más.

El abad se retiró y emprendió el camino de regreso a su monasterio. Durante el viaje sentía como si el corazón se le saliese del pecho. ¡No podía creerlo! ¡El mismísimo Hijo de Dios estaba viviendo ahí en medio de sus monjes! ¿Cómo no había sido capaz de reconocerle? ¿Sería el hermano sacristán? ¿Tal vez el hermano cocinero? ¿O el hermano administrador? ¡No, el no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos… Pero el anciano obispo había dicho que se había “disfrazado”. ¿No serían acaso aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el convento tenían defectos… ¡y uno de ellos tenía que ser Jesucristo!

Cuando llegó al monasterio, reunió a sus monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros. ¿Jesucristo… aquí? ¡Increíble! Claro que si estaba disfrazado…. Entonces, tal vez… Podría ser….

Una cosa era cierta: Si el Hijo de Dios estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. “Nunca se sabe”, pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, tal vez sea éste…”

 

 

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