Desde Palencia

Os compartimos algunos otros testimonios del Campo de Trabajo de Palencia.
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DSC00921Dios nos ama. Y nos invita a que nosotros amemos de la misma forma a todas las personas que nos encontremos: buenas o malas, amigos o enemigos, sanos o enfermos… Precisamente esta es la gran noticia del cristianismo, lo que debemos transmitir y predicar por el mundo, el único camino posible para ser felices.
Reconozco que en un principio tuve miedo. Quizá no exactamente miedo, pero sí mucho respeto. Respeto por lo que pudiera pasar en el psiquiátrico. No tenía ni idea de lo que me iba a encontrar. Una vez de vuelta a casa, tengo que decir que es una pena que la gente tenga un concepto tan equivocado de lo que hay ahí dentro. Todo el mundo ha visto muchas películas de terror en las que salen psiquiátricos, en las que unos asesinan a otros y todo el mundo corre peligro de muerte. La realidad es bien distinta. La realidad es que Dios está en los ojos de cada uno de ellos, hasta que llega un momento que dejan de ser “enfermos” y ya son únicamente hermanos. Hermanos con los que tenemos algo muy importante en común: somos amados por Dios exactamente de la misma manera.
Mi unidad era San Juan de Dios, ancianas altamente dependientes de edades normalmente superiores a los 90 años. Muchas no pueden ya ni hablar, ni moverse… Sólo pueden mirar y sonreír. Qué lástima da cuando nosotros mismos, plenos de facultades, estamos siempre tan ocupados que se nos acaba olvidando mirar y sonreír. Fue una experiencia cargada de detalles y momentos en los que claramente se podía reconocer a Dios. Cada una de las ancianas con su situación personal, su forma de ser y su actitud ante sus enfermedades eran un pequeño mundo que valía la pena conocer particularmente. A mí me gustaba sentarme a su lado, sentirme en su mismo plano, mirar y escuchar. Muchas de ellas únicamente necesitan eso: alguien que se siente con ellas, las escuche y las sonría.
Concretamente un día, mientras daba de comer a una de las que no se podía mover, me imaginé como sería su vida hace 30 ó 40 años. Probablemente una mujer joven y con energía, madre de niños a los que tendría también que dar de comer en su momento. Me imaginé también como sería mi vida con su edad. Solo me salió dar gracias a Dios por mi situación actual, mi salud, mi juventud, y por mi vida en general, un regalo que muchas veces no llegamos a ser conscientes de lo que significa.
Debo hacer mención especial a Sor María José, sin la cual nuestra adaptación al hospital hubiese sido mucho más complicada. También al grupo de voluntarios en general, que aunque ya conocía a muchos de ellos, me pareció gratamente sorprendente la sensación y el ambiente de grupo que había ya desde el primer día, contagiándonos en todo momento los unos a los otros la alegría que nos transmitía el tiempo que pasábamos con los pacientes.
Personalmente, muy poco me ha llenado tanto hasta ahora como una experiencia de este tipo, pura interpretación del evangelio. Cuando amamos hacemos felices a los demás, pero aún más felices somos nosotros. Doy gracias a Dios otra vez por la gran oportunidad que he tenido de poder vivir estos días, y le pido fuerzas para poder seguir manteniendo ese espíritu y esa alegría durante el día a día con la gente de mi entorno.

Luis Javier
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349El Señor regala tantos momentos preciosos a su lado, y uno de esos presentes en mi vida son los dos campos de trabajo que he podido realizar este agosto con las Hermanas Hospitalarias.

Mi llegada comienza con un pequeño “SÍ” a una llamada, esa que sentimos cada día cuando despertamos, que nos da el impulso de levantarse con alegría y proponerse que ese será un gran día. Pero sólo hay una forma de que ese día sea redondo… Puede ser bueno, pero… ¿Ha sido perfecto?

En los dos campos de trabajo he experimentado como mi corazón se estremecía constantemente, por cualquier motivo, por cualquier situación. Existía una disposición por parte de todos a vivir unos días maravillosos cerca de personas que nos necesitaban tanto como nosotros a ellos, que comen con nosotros, que ríen y lloran contigo y no son capaces de callar, aunque no puedan decir nada.

La relación del personal profesional y su trato con los residentes también es digno de señalar. Había momentos en que sólo necesitabas observar para ver lo que llega a hacer una persona por otra, sólo por amor.

Destacar la gracia que inunda el lugar con las hermanas, cada rincón está ungido de un aceite vivo. Mi vida queda unida a vosotras y a los más necesitados, porque mi alma ansía esa necesidad en el Señor, que tan palpable se hace a vuestro lado.
Gracias por unos días maravillosos.

Carlos Fresneda.

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