Tú me conoces (Salm 139)

Dios no sólo se acerca para manifestarnos su amor, sino que toca a la puerta de nuestro corazón para suscitar en él una respuesta de amor porque el amor no es un sentimiento puramente espontáneo y caprichoso, sino que está muy ligado a la voluntad y a la inteligencia. La propia experiencia humana muestra que el amor no llega en plenitud de repente, sino que madura. Por eso Dios se dirige a nuestra inteligencia, a nuestra voluntad y a nuestros sentimientos, de modo que podamos aprender a amarlo «con todo el corazón y con toda el alma», y nosotros, poco a poco, podemos aprender lentamente a amar de modo que el amor comprometa todas nuestras fuerzas y nos abra el camino de una vida recta.

Comentario a la Encíclica Deus caritas est de Benedicto XVI.

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