Viernes Santo: Allí estábamos todos

Ninguno de nosotros estaba allí cuando crucificaron a nuestro Señor ni cuando fue depositado en el sepulcro. Si hubiéramos estado allí, no lo hubiéramos permitido. Si hubiéramos estado allí, habríamos gritado la injusticia. Pero ¿cómo se puede condenar al Justo?
Si hubiéramos estado allí… Pero si la verdad es que todos estuvimos allí, cuando lo crucificaron, cuando lo clavaron en el árbol. Todos estábamos allí y con doble presencia.
Estábamos allí, en primer lugar, con los jueces, con los verdugos, con la gente curiosa, con la muchedumbre pasiva, los que se dejaban llevar, los que se limitaban a comentar lo sucedido, los que criticaban, los que se lamentaban, los que compadecían. En el fondo, todos cobardes y faltos de fe.
Allí estábamos todos, porque en ese momento se concentraba toda la historia, para lo malo y para lo bueno. La cruz recoge toda la inhumanidad humana. Es la expresión de toda ceguera, toda debilidad y toda maldad. Al cargar con la cruz, Cristo cargó con el pecado: el mío, el tuyo, el de todos. El Cordero de Dios cargó con el pecado del mundo, haciéndose a sí mismo «pecado» (2 Cor. 5, 21).
Estábamos allí condenando al Justo. Por lo tanto, cada vez que cometemos una injusticia, estábamos allí condenando al Justo; cada vez que mordemos al hermano con la crítica o la calumnia, estábamos allí sentenciando al Inocente; cada vez que despojamos al pobre con nuestro egoísmo y nuestra insolidaridad, estábamos allí repartiéndonos sus ropas; y cada vez que agredimos al indefenso con nuestra violencia o nuestra prepotencia, estábamos allí torturando al Cordero; y cada vez que negamos al prójimo una ayuda, estábamos allí como espectadores fríos e insolidarios; y cada vez que callamos por miedo y no actuamos proféticamente, estábamos allí, sin atrevernos a dar la cara, ni a salir en defensa del condenado ni a expresar siquiera nuestros sentimientos.
Aunque también podríamos decirlo a la inversa, que es Cristo el que está aquí. Cristo se hace presente en todo hermano que esté oprimido, marginado o injustamente condenado; en todo el que es pobre, débil, explotado o torturado; en todo el que es de un modo u otro víctima de su hermano. Pues si él está aquí, es que estábamos nosotros allí.
Todos estábamos allí, en la mente y en el corazón de Cristo. El nos conocía a todos, sufría por todos, nos amaba y redimía a todos: “antes de que llegaras a la existencia, yo te elegí; antes de que te formaras en el vientre materno, yo te redimí; antes de que nacieras, yo te amé”.
Estábamos allí todos, siendo objeto de la oración de Cristo, que nos iba presentando al Padre en aquel momento de gracia. Estábamos allí y también a nosotros dirigía sus palabras: por cada uno de nosotros pedía perdón al Padre, «porque no sabemos lo que hacemos»; a cada uno de nosotros prometía el paraíso: «Hoy estarás conmigo», y eso es ya el paraíso; a cada uno de nosotros encomendó la madre, para que la «llevemos a nuestra propia casa».
Estábamos allí siendo objetos de su amor y amándole; siendo redimidos por él y mirándole con fe. Estábamos allí, recibiendo el Espíritu que él entregaba al Padre y a nosotros.
Estábamos allí con él, formando parte de su cuerpo dolorido, uno más de sus sagrados miembros ¿No sabéis que somos, todos, el Cuerpo de Cristo? Todos estuvimos clavados en la cruz con Cristo, todos morimos con él, todos fuimos con él sepultados y todos resucitaríamos con él. El misterio pascual de Cristo es también el nuestro.
¡Cuántas consecuencias para nuestra vida, si realmente lo entendiéramos y lo viviéramos así!

¿Estabas allí cuando le depositaron en el sepulcro?
¿Estabas allí cuando Dios le resucitó de entre los muertos?
¡Oh! A veces me hace temblar, temblar, temblar.
¿Estabas allí cuando Dios le resucitó de entre los muertos?».
A veces me hace temblar, temblar, temblar:
Temblar por el dolor y el arrepentimiento,
temblar por la indignación y la compasión,
temblar por la emoción y la alegría,
temblar por el éxtasis y el estremecimiento.

Hay razones sobradas para sentir este asombroso temblor:

Al constatar tu presencia viva en el misterio,
Al saberte protagonista de los más importantes acontecimientos de la historia, Al verte inmerso en un océano de misericordia,
Al sentirte traspasado por unos ojos llenos de ternura y amor,
Al reconocer la victoria del amor y de la gracia,
es como sentirte invadido por una fuerza misteriosa,
que te arrebata y transciende,
es entrar en la danza del Espíritu.

Y, ¿cómo no sentirse inmensamente amado?
Y, ¿cómo no sentirse inmensamente perdonado?
Y, ¿cómo no entregarse, con amor, por tanto amor derramado?

Señor, sólo tú me haces capacidad de amor,
porque en mí, Tú tienes la oportunidad de darte.

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