La fe: el motor intenso

Aunque ya ha pasado más de un mes desde la JMJ de Madrid, nos siguen llegando testimonios de personas que vivieron intensamente esta experiencia y que supuso para ellos un gran encuentro con el Señor y con los hermanos. Como por ejemplo el que a continuación puedes leer:
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Aproximadamente 300 personas de 29 nacionalidades diferentes nos dispusimos a encontrarnos en Madrid con un objetivo común: vivir y compartir la fe sintiendo a Aita (Cristo) junto al que sufre día a día.
    Oraciones, momentos de reflexión y de encuentro, turismo y ocio por Madrid… son algunas de las actividades que nos acompañaron y nos ayudaron a encontrarnos con esa gran familia hospitalaria de la que todos formamos parte. Pero todo ello, no hubiese sido posible sin el encuentro con ellos, con los preferidos de Aita. Así pues, pasamos un día en los centros de Ciempozuelos. Reunidos en la eucaristía, compartiendo el pan como Él quiso que hiciésemos y sintiendo esa vibración inexplicable que nos une a todos de una manera muy muy especial. No hubo momento en el que alguien se quedase parado, sin saber qué hacer o quién hablar. La gran interculturalidad, multitud y sobre todo ellos, hicieron que todos supiésemos por qué estábamos ahí. No es una casualidad, es una llamada. Y ante esas llamadas, hay que reaccionar.

    Las llamadas se presentan de muchas maneras y cada persona las recibe de una forma distinta. Para mí, el simple hecho de saber que se iba a producir un evento hospitalario, fue razón suficiente para presentarme. Estos encuentros, como viene siendo habitual, están cargados de emotividad, invitan a la reflexión conviviendo con los necesitados, y todo ello te recarga “las pilas”. Pero ante todo te hacen sentir parte de algo mucho más grande, y eso te hace realmente feliz. Esta vez había que reproducir ése ambiente mágico y trasladarlo a los corazones de cientos de miles de jóvenes de todas las nacionalidades. La tarea parecía difícil, pero increíblemente todas las personas se sintieron unidas. En mi caso, el idioma fue el mayor obstáculo, pero es que los sentimientos tienen un carácter universal y no hizo falta hablar para sentirse en familia. La acogida fue cariñosa y enseguida nos sentimos como en casa, como si nos conociésemos de toda la vida. Fue nuestro motor interno: la fe; lo que acompaso el latir de nuestros corazones en cada una de las celebraciones, momentos de esparcimiento y convivencias. Realmente impactante y tremendamente vitalista. Te convences sin lugar a dudas, de que es mucho más difícil andar el camino sólo y que la auténtica fe se vive en comunidad.

            Desde estas líneas animo a todo aquel que albergue cierta duda de si acudir a estos encuentros, ya sean más multitudinarios o más íntimos; que no se lo piense, que se deje llevar. Son encuentros para encontrarte contigo mismo y no para sentirte presionado, uno participa en la medida que lo siente, y todos vamos creciendo de una manera y a un ritmo diferente. Pero hay que abrirse al mundo, no ponerse barreras, ahuyentar los prejuicios, para poder ver en la vida más allá de lo que tenemos delante.

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